martes 24 de noviembre de 2009

Exactos-Quinta Montaña 2

-Tú me dijiste que todas las batallas servían para algo, incluso aquellas
en las que somos derrotados.


-La comida y el agua habían provocado el milagro: se sentía otra vez formando parte del mundo


-Es mejor reconstruir pronto la vida -dijo-. Pasará mucho tiempo antes
de que todo vuelva a ser como antes.


Elías miró en dirección a Akbar y recordó la conversación con el ángel.
Lo inevitable siempre sucede.
-Es preciso disciplina y paciencia para superarlo -dijo el pastor.
-Y esperanza. Cuando ella se termina, no se pueden gastar las energías
luchando contra lo imposible.
-No se trata de esperanza en el futuro. Se trata de recrear el propio
pasado.


-No entendí lo que dijiste antes -comentó Elías- sobre recrear el propio
pasado.
-Yo veía siempre a las personas que pasaban por aquí, en dirección a
Tiro y Sidón. Algunas se quejaban de que no habían conseguido nada en
Akbar, e iban en busca de un nuevo destino.
»Un día esas personas retornaban. No habían conseguido lo que estaban
buscando, porque habían cargado consigo, junto con el equipaje, el peso del
propio fracaso anterior. Alguna que otra volvía habiendo conseguido un
empleo en el gobierno, o con la alegría de haber educado mejor a los hijos,
pero nada más. Porque el pasado en Akbar las había dejado temerosas y no
tenían confianza en sí mismas como para arriesgar mucho.
»Por otro lado, también pasaron por mi puerta personas llenas de
entusiasmo. Habían aprovechado cada minuto de vida en Akbar y obtenido,
con mucho esfuerzo, el dinero necesario para el viaje que querían hacer.
Para estas personas, la vida era una constante victoria, y continuaría
siéndolo.
»Estas personas también retornaban, pero con historias maravillosas.
Habían conquistado todo lo que deseaban, porque no estaban limitadas por
las frustraciones del pasado.
Las palabras del pastor llegaron al corazón de Elías.



-Si tienes un pasado que no te deja satisfecho, olvídalo ahora. Imagina
una nueva historia para tu vida, y cree en ella. Concéntrate sólo en los
momentos en que conseguiste lo que deseabas, y esta fuerza te ayudará a
conseguir lo que deseas ahora.


-Que tu vida sea larga y tu rebaño crezca siempre -dijo Elías-. Comí lo
que mi cuerpo necesitaba, y mi alma aprendió lo que no sabía. Que Dios
nunca olvide lo que habéis hecho por nosotros, y que vuestros hijos no sean
extranjeros en una tierra extraña.


-Estás caminando muy despacio -decía el chico-. Tienes miedo de lo que
pueda pasarte.
-Sólo tengo miedo de mí mismo -respondió Elías-. No pueden hacerme
nada, porque mi corazón ya no existe.



«Mi Señor, esta batalla no fue entre asirios y fenicios sino entre Tú y yo.
No me avisaste de nuestra guerra particular y, como siempre, venciste e
hiciste cumplir Tu voluntad. Destruiste a la mujer que amé y a la ciudad que
me acogió cuando estaba lejos de mi patria.»



-Fui destruido como esta ciudad -le dijo al niño-. Pero también, como
esta ciudad, aún no he completado mi misión...
El chico sonrió.
-Hablas como antes -dijo.


«Han perdido hasta el sentimiento de rabia». pensó, mirando a lo alto de
la Quinta Montaña, cuya cumbre continuaba cubierta por sus nubes
eternas. Entonces recordó las palabras del Señor:
Lanzaré vuestros cadáveres sobre los cadáveres de vuestros dioses; mi
alma se hastiará de vosotros. Vuestra tierra será asolada, y vuestras
ciudades quedarán desiertas. En cuanto a los que de vosotros quedaren, os
pondré en el corazón tal ansiedad que el ruido de una hoja movida os
perseguirá. Y caeréis sin que nadie os persiga.



-¿Por qué deseas salvar una ciudad condenada?
-Si me detengo a reflexionar, me sentiré incapaz de hacer lo que quiero -
respondió él.
El viejo pastor tenía razón: su única salida era olvidar su pasado de
inseguridades y crear una nueva historia para sí mismo. El antiguo profeta
había muerto junto con una mujer, en las llamas de su casa; ahora era un
hombre sin fe en Dios, y con muchas dudas. Pero continuaba vivo, incluso
después de desafiar las maldiciones divinas. Si quería continuar su camino,
tenía que cumplir lo que se proponía.



-El dolor que tú y yo sentimos no acabará nunca, pero el trabajo nos
ayudará a soportarlo. El sufrimiento no tiene fuerzas para herir a un cuerpo
cansado


-He visto que habéis pasado el día entero recogiendo cuerpos -dijo-.
Estáis perdiendo el tiempo. ¿No sabéis que los asirios volverán después de
haber conquistado Tiro y Sidón? Es mejor --- que venga el dios de la peste a
habitar aquí, para destruirlos.
-No hacemos esto por ellos ni por nosotros -respondió Elías-. Ella
trabaja para demostrar a un niño que aún existe un futuro y yo para
demostrar que ya no existe el pasado.


El vendaje que el pastor había hecho en su brazo se había caído, pero no
tenía importancia; necesitaba demostrarse a sí mismo que era lo bastante
fuerte para recuperar su dignidad


. Según las
creencias, los dioses habían distribuido las ciudades de manera organizada,
en armonía con los valles, los animales, los ríos y los mares. En cada una de
ellas conservaron un espacio sagrado para descansar durante sus largos
viajes por el mundo. Cuando una ciudad era destruida, había siempre un
gran riesgo de que los cielos cayesen sobre la Tierra.


El gobernador le había explicado cierta vez que, según la tradición
fenicia, toda ciudad era un tercer punto, el elemento de unión entre la
voluntad del Cielo y la voluntad de la Tierra. El Universo hacía que la
simiente se transformase en planta, el suelo permitía que la planta se
desarrollara, el hombre la recogía y la llevaba a la ciudad, donde
consagraban las ofrendas a los dioses que después eran dejadas
en las montañas sagradas... Aun sin haber viajado mucho, Elías sabía
que esta visión era compartida por muchas naciones del mundo.