sábado 30 de agosto de 2008

Exactos-Quinta Montaña 1

Como el inicio de todo lo que pueda ser en estos días. Estoy adaptandome a ciertos comportamientos perdidos, como este. Solo busco las palabras q en las madrugadas de imsomnio de mis inicios, puedan despertar mucho mas q solo el espiritu mio
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—Si Él todo lo puede, ¿por qué no evita el su¬frimiento de quienes lo aman? ¿Por qué no nos salva en vez de dar poder y gloria a Sus enemigos?
—No lo sé —respondió el levita—, pero tie¬ne que existir una razón, y espero conocerla en breve.
—Entonces, ¿no tienes respuesta para esta pre¬gunta?
—No, no tengo.
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Los habitantes de Akbar quedarían convencidos de que, con la muerte del israelita, el universo volvería a su lugar

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El mejor guerrero es aquel que con¬sigue transformar al enemigo en amigo.

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El sacerdote miró a su alrededor. El cielo y la tierra, las montañas y el valle, cada cosa cum¬pliendo con lo que había sido escrito para ella. A veces el suelo temblaba. Otras veces (como aho¬ra) pasaba mucho tiempo sin llover. Pero las es¬trellas continuaban en sus lugares y el sol no se había desplomado sobre la cabeza de los hom¬bres. Todo porque, desde el Diluvio, los hombres habían aprendido que era imposible cambiar el orden de la Creación.
En el pasado existía solamente la Quinta Mon¬taña. Hombres y dioses vivían juntos, paseaban por los jardines del Paraíso, conversaban y reían entre sí. Pero los seres humanos habían pecado y los dio¬ses los expulsaron de allí. Como no tenían dónde enviarlos, terminaron creando la Tierra alrededor de la montaña, para poder arrojarlos allí, mantener¬los bajo su vigilancia y hacer que siempre recorda¬ran que estaban en un plano muy inferior al de los moradores de la Quinta Montaña.

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La obligación de los sacerdotes era preservar este orden: el mundo poseía un destino y era gobernado por leyes. El tiempo de intentar entender los dioses ya había pasado; ahora era la época de respetarlos y hacer todo lo que querían. Eran caprichosos y se irritaban con facilidad.

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Elías llenó otra vez la copa. Su corazón empe¬zaba a alarmarse; le gustaba estar al lado de aque¬lla mujer. El amor podía ser una experiencia más temible que estar ante un soldado de Ajab con una flecha apuntándole al corazón. Si la flecha lo alcan¬zaba, él moriría, y el resto quedaría a cargo de Dios; pero si el amor lo hería, él mismo tendría que asu¬mir las consecuencias.

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Aun así, continuaría amándolo porque, por pri¬mera vez en su vida, tenía conciencia de lo que era la libertad. Podía amarlo aunque él jamás lo supie¬ra; no necesitaba su permiso para extrañarlo, pen¬sar en él el día entero, esperarlo para cenar y preo¬cuparse por lo que se podría estar tramando en contra de él. Esto era la libertad: sentir lo que su co¬razón deseaba, independientemente de la opinión de los otros. Ya había luchado con los amigos y ve¬cinos en defensa de la presencia del extranjero en su casa; no necesitaba luchar contra sí misma.

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—Cuando estoy ante esta mujer, no me siento bien.
—Es al contrario —respondió el ángel—, y eso te molesta. Porque podrías llegar a amarla.
Elías sintió vergüenza, porque el ángel conocía su alma.
—El amor es peligroso —dijo.
—Mucho —respondió el ángel—. ¿Y qué?
A continuación, desapareció.

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—¡Llévame de regreso a la tierra de Israel, Se¬ñor! —clamaba Elías todas las tardes, caminando por el valle—. ¡No dejes que mi corazón quede pri¬sionero en Akbar!

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—¡Llévame de regreso a la tierra de Israel, Se¬ñor! —insistía-—. ¡Mi corazón ya está preso en Ak¬bar, pero mi cuerpo aún puede seguir viaje!
El ángel apareció. No era el ángel del Señor, el que viera en lo alto de la montaña, sino el que lo guardaba, a cuya voz ya estaba acostumbrado:
—El Señor escucha las plegarias de los que pi¬den para olvidar el odio. Pero está sordo para los que quieren huir del amor.

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«El Señor es mi pastor —se dijo, recordando una vieja oración hecha por el rey David—. Refres¬ca mi alma y llévame junto a las aguas reposantes.»
«Y no me dejará perder el sentido de mi vida», concluyó con sus propias palabras.

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De nuevo se sintió libre. De nuevo se despertó de madrugada y caminó sonriendo por las calles de la ciudad.

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Akbar se estaba volviendo un modelo de ciu¬dad fenicia. El gobernador había creado un siste¬ma de impuestos más justo, había mejorado las calles y sabía administrar con inteligencia las ga¬nancias obtenidas de las tasas sobre las mercancías. Hubo una época en la que Elías le pidió que acabara con el consumo de vino y cerveza, por¬que la mayoría de los casos que tenía que resol¬ver estaban relacionados con agresiones de per¬sonas ebrias. El gobernador le contestó que una ciudad sólo era considerada grande justamente cuando ese tipo de cosas sucedían. Según la tra¬dición, los dioses se ponían contentos cuando los hombres se divertían al finalizar su jornada de trabajo, y protegían a los borrachos.


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—Ya no puedo hacer nada más aquí —dijo Elías—. ¿Cuándo volveré a Israel?
—Cuando aprendas a reconstruir —respondió el ángel—. Pero acuérdate de lo que Dios enseñó a Moisés antes de una lucha. Disfruta cada momen¬to, para que después no te arrepientas ni sientas que perdiste tu juventud. A cada edad de un hom¬bre, el Señor le da sus propias inquietudes.


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«No tengáis miedo, ni desfallezca vues¬tro corazón antes del combate, ni os aterroricéis ante vuestros enemigos. El hombre que plantó una viña y aún no disfrutó de ella, que lo haga pronto, para que no muera en la lucha y otro la disfrute. El hombre que ama a una mujer y aún no la recibió, que va¬ya y regrese a su casa, para que no muera en la lucha, y otro hombre la reciba.»

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—¿Dios desaparecerá de las palabras? —pre¬guntó la mujer.
—Continuará en ellas —respondió Elías— pe¬ro cada persona será responsable ante Él por todo lo que escriba.
Ella sacó de la manga de su ropa una tablilla de barro, con alguna cosa escrita.
—¿Qué significa? —preguntó Elías.
—Es la palabra amor.
Elías mantuvo la tablilla en las manos, sin valor para preguntar por qué le había entregado aquello. En aquel pedazo de arcilla, unos cuantos trazos re¬sumían la causa de que las estrellas continuaran en el cielo y los hombres caminaran por la tierra.


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Esta pa¬labra que ahora tienes en tus manos está repleta de misterios. Nadie puede saber lo que ella despierta en el corazón de una mujer, ni siquiera los profe¬tas que conversan con Dios.
—Conozco la palabra que escribiste —dijo Elías guardando la tablilla en un borde de su manto—. He luchado día y noche contra ella porque, aunque no sepa lo que ella despierta en el corazón de una mujer, sé lo que es capaz de hacer con un hombre. Tengo valor suficiente para enfrentar al rey de Is¬rael, a la princesa de Sidón y al Consejo de Akbar, pero esta única palabra, amor, me causa un terror profundo. Antes de que tú la dibujaras en la tabli¬lla, tus ojos ya la habían escrito en mi corazón.


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Él cree que el enemigo tiene miedo. No sabe que los guerreros asirios están bien entrenados: en cuanto entran en el ejército, plantan un árbol, y to¬dos los días saltan por encima del lugar donde es¬tá la semilla. La semilla se transforma en brote, y ellos saltan por encima. El brote se transforma en planta, y ellos continúan saltando. No les molesta ni lo consideran una pérdida de tiempo. Poco a po¬co el árbol va creciendo, y los guerreros van saltan¬do más alto. Así, ellos se preparan con paciencia y dedicación para superar los obstáculos.

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—¿Cuál de nosotros es mejor en el uso de la es¬pada? —preguntaba un guerrero.
—Ve hasta el sitio donde el espía fue lapidado ayer —dijo el comandante—; agarra una piedra e insúltala.
—¿Por qué tengo que hacer eso? La piedra no me responderá.
—Entonces, atácala con la espada.
—Mi espada se romperá —dijo el soldado—. Y no fue eso lo que pregunté; yo quiero saber quién es mejor en el uso de la espada.
—El mejor es el que se parece a una piedra —respondió el comandante—. Sin desenvainar la espada, consigue probar que nadie podrá vencerlo.
«El gobernador tiene razón: el comandante es un sabio —pensó Elías—. Pero toda sabiduría es com¬pletamente ofuscada por el brillo de la vanidad.»

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Todas las batallas en la vida sirven para en¬señarnos algo, inclusive aquellas que perdemos. Cuando crezcas, descubrirás que ya defendiste mentiras, te engañaste a ti mismo o sufriste por tonterías. Si eres un buen guerrero, no te culparás por ello, pero tampoco dejarás que tus errores se repitan.

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—Lo estás viendo con tus propios ojos. Los cie¬los continúan ayudando.
—Sólo una pregunta —dijo Elías—. ¿Por qué quieres ver sacrificar al pueblo de tu país?
—Porque es necesario matar una idea.

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—La historia de nuestros antepasados parece es¬tar llena de hombres adecuados en los lugares ade-cuados —respondió el ángel—. No creas en eso: el Señor sólo exige de las personas aquello que está dentro de las posibilidades de cada uno.
—Entonces Él se equivocó conmigo.
—Toda aflicción que llega acaba por irse. Así sucede con las glorias y las tragedias del mundo.
—No lo olvidaré —dijo Elías—. Pero cuando parten, las tragedias dejan marcas eternas, y las glorias dejan recuerdos inútiles

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—Sabes que soy ciego —dijo el ángel— porque mis ojos aún conservan la luz de la gloria del Señor, no consigo ver nada más. Todo lo que puedo perci¬bir es lo que tu corazón me cuenta. Todo lo que puedo ver son las vibraciones de los peligros que te amenazan. No puedo saber lo que está detrás de ti.


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—Es una elección difícil: exige aceptar la muer¬te de un pueblo para salvar a otro.
—Más difícil aún es definir un camino para sí mismo. Quien no hace una elección, muere a los ojos del Señor, aunque continúe respirando y ca¬minando por las calles.
»Además —continuó el ángel—, nadie muere. La Eternidad está con los brazos abiertos para to¬das las almas, y cada una continuará su tarea. Hay una razón para todo lo que se encuentra bajo el sol.

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—¿Qué es lo pasajero? —preguntó Elías.
—Lo inevitable.
—¿Y lo definitivo?
—Las lecciones de lo inevitable.
Al decir esto, el ángel se alejó.

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—El miedo existe hasta el momento en que lo inevitable sucede —le dijo a Elías—. Después, no debemos perder nuestra energía con él.

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—Porque tenía miedo. Pero hoy, mientras es¬peraba la batalla, escuché las palabras del goberna¬dor y pensé en ti. El miedo va hasta donde lo ine¬vitable comienza; a partir de ahí, pierde su sentido. Y todo lo que nos queda es la esperanza de haber tomado la decisión adecuada.


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Estaba preocupado con lo que había sucedido aquella mañana: el ejército enemigo no había ata¬cado. El dios del Tiempo ya había abandonado a Fenicia en el pasado, irritado con sus habitantes. En consecuencia, se apagó el fuego de las lámpa¬ras, los carneros y vacas abandonaron a sus crías y el trigo y la cebada continuaron siempre verdes. El dios Sol mandó gente importante a buscarlo: el Águila y el dios de la Tempestad. Pero nadie con¬seguía encontrar al dios del Tiempo. Finalmente, la Gran Diosa envió a una abeja, que lo encontró durmiendo en un bosque, y lo picó. Él se desper¬tó furioso y comenzó a destruir todo cuanto lo ro¬deaba. Fue necesario prenderlo y retirar el odio que había en su alma y, a partir de entonces, todo vol¬vió a la normalidad.

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No consiguió dormir bien. Se despertó en me¬dio de la noche y percibió la tensión del aire a su alrededor un viento maligno soplaba por las ca¬lles, sembrando miedo y desconfianza.
«En el amor de una mujer descubrí el amor por todas las criaturas —rezaba en silencio—. La nece¬sito. Sé que el Señor no se olvidará de que soy uno de Sus instrumentos, quizás el más débil de los que escogió. Ayúdame, Señor, porque necesito re¬posar tranquilo en medio de las batallas.»


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Elías cerró los ojos; las escenas de toda su vida pasaron frente a él en una fracción de segundo. Volvió a jugar en las calles de la ciudad donde ha¬bía nacido, viajé por primera vez hasta Jerusalén, sintió el olor de la madera cortada en la carpinte¬ría, se deslumbré nuevamente con la vastedad del mar y con la ropa que usaban en las grandes ciuda¬des de la costa. Se vio a sí mismo paseando por los valles y montañas de la tierra prometida, se acor¬dó de que había conocido a Jezabel, que aún parecía una niña y encantaba a todos cuantos se le apro¬ximaban. Asistió otra vez a la masacre de los profetas, volvió a escuchar la voz del Señor que le ordenaba ir al desierto. Volvió a ver los ojos de la mujer que lo esperaba en la entrada de Sarepta (ciudad a la que sus habitantes llamaban Akbar) y se dio cuenta de que la había amado desde el pri¬mer momento. Volvió a subir a la Quinta Monta¬ña, a resucitar al niño, a ser recibido por el pueblo como sabio y juez. Miró hacia el cielo que cambia¬ba rápidamente sus constelaciones de lugar, se des¬lumbré con la luna que mostraba sus cuatro fases en un mismo instante, sintió el frío, el calor, el oto¬ño y la primavera, la lluvia y el fulgor del rayo. Las nubes volvieron a pasar en millones de formas di¬ferentes y los ríos hicieron correr sus aguas por segunda vez en el mismo lecho. Revivió el día en que había notado cómo estaba siendo armada la pri¬mera tienda asiria, después la segunda, las varias, las múltiples, los ángeles que iban y venían, la es¬pada de fuego en el camino hacia Israel, el insom¬nio, los dibujos en las tablillas, y....

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No obstante, nada sucedía y el mundo parecía eternizarse en aquella confusión de gritos, ruidos y polvo. Quizás el Señor había hecho lo mismo que con Josué, y el tiempo se había detenido en medio del combate.

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Apenas tuvo tiempo de completar la frase. La espada de un general asirio descendió, y la cabeza del comandante rodó por el suelo.
«Ahora me toca a mí —se dijo Elías—. La en¬contraré otra vez en el Paraíso, y pasearemos to¬mados de la mano.»


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Se arrodilló y empezó a cavar como un loco. Removió la tierra, piedras y madera. Finalmente, su mano tocó algo caliente: era sangre.
—No te mueras, por favor —dijo.
—Deja las ruinas encima de mí —escuchó de¬cir a su voz—. No quiero que veas mi rostro. Ve a ayudar a mi hijo.
Él continuó cavando, y la voz repitió:
—Ve a buscar el cuerpo de mi hijo. Por favor, haz lo que te pido.
Elías dejó caer su cabeza sobre el pecho y co¬menzó a llorar bajito.
—¡No sé dónde está enterrado! —dijo—. ¡Por favor, no me dejes! Necesito que te quedes conmi¬go. Necesito que me enseñes a amar, mi corazón ya está preparado.
—Antes de que tú llegaras, deseé la muerte du¬rante muchos años. Ella debe de haberme escucha¬do y ha venido a buscarme.
Ella dio un gemido. Elías se mordió los labios y no dijo nada. Alguien tocó su hombro.
Se dio vuelta asustado y vio al muchacho. Es¬taba cubierto de polvo y tizne, pero parecía no es¬tar herido.
—¿Dónde está mi madre? —preguntó.
—Estoy aquí, hijo mío —respondió la voz ba¬jo los escombros.
El niño comenzó a llorar. Elías lo abrazó.


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—Un día tú me dijiste que el Señor estaba en todas partes, y yo te creí. Dijiste que las almas no iban a lo alto de la Quinta Montaña, y también creí en lo que decías. Pero no me explicaste adón¬de iban.
»He aquí el juramento: vosotros no lloraréis por mí, y cada uno cuidará del otro, hasta que el Señor permita que cada uno siga su camino. A par¬tir de ahora, mi alma se mezcla con todo lo que co¬nocí en esta tierra; yo soy el valle, las montañas que lo rodean, la ciudad, las personas que caminan por sus calles. Yo soy sus heridos y sus mendigos, sus soldados, sus sacerdotes, sus comerciantes, sus nobles. Yo soy el suelo que pisas y el pozo que sacia la sed de todos.
»No lloréis por mí, porque no hay razón para estar triste. A partir de ahora, yo soy Akbar, y la ciudad es hermosa.


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El sacerdote había dicho una vez que el mundo era el sueño colectivo de los dioses. ¿Y si, en el fon¬do, él tuviese razón? ¿Podría ahora ayudar a los dioses a despertar de esta pesadilla, y adormecerlos de nuevo con un sueño más suave? Cuando te¬nía visiones nocturnas, siempre se despertaba y se volvía a dormir; ¿por qué no sucedía lo mismo con los creadores del Universo?



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